No se puede permitir una verticalidad en procesos de búsqueda del Bien Común



Por Roberto Carrasco Rojas


Desde el conflicto amazónico de abril de 2009 se han vislumbrado una seguidilla de situaciones, que han traído profundos cambios en la vida de los pueblos ubicados en el río Napo. Desde aquel momento, las poblaciones indígenas, congregadas en Copal Urco, se vieron en la necesidad de bloquear el río para frenar amenazas latentes que, vale decir, transformaron su realidad.

¿Qué lugar ocupa la Amazonía en el peruano de hoy? 


Los pueblos del Napo han sido testigos de ciertas actitudes, que podrían ser contrarias a los principios culturales napurunas. Acciones que han empezado a quebrar la armonía o, al menos, la tranquilidad cotidiana de la comunidad. Atrás quedaron las épocas de caucheros, madereros, buscadores de oro y regatones. Hoy en día, al parecer, son los extranjeros —movidos por una inmensa codicia y con el aval de los gobiernos de turno— quienes han obtenido, a diestra y siniestra, concesiones mineras y petroleras. Esto ocurre porque estamos en una región que continúa siendo relegada, tratada como la "cenicienta", en comparación a regiones como la costa o la sierra, quienes aún cuentan con procesos mucho más consolidados.


La debilidad de quienes nos gobiernan, frente a tan jugosas primas y regalías —o quizás deberíamos llamarlas "comisiones"—, se evidencia cuando fueron creadas leyes que benefician el ingreso, a territorio peruano, de grandes corporaciones. Empresas, al parecer, que de manera irresponsable, están dejando secuelas de muerte y destrucción en nuestra aún riqueza natural, la Amazonía.


Incluso, tenemos nosotros culpa, y mucha, de no conocer realmente esta parte de nuestra historia. En general, el poblador peruano —por ejemplo, un estudiante de educación básica regular— cuenta con muy poca información de lo que es y lo que significa la región amazónica para el desarrollo de nuestro país. Simplemente, muchas veces, la Amazonía como región no cuenta. Y este es el punto de partida para no saber cómo empezar un proceso de diálogo real. No hay políticos ni políticas públicas que hayan construido un planteamiento concreto para empezar a cambiar esta realidad. 


Particularmente, si nos atrevemos a observar las currículas escolares —exceptuando las de EIB en la región amazónica—, todavía estas siguen bajo el esquema tradicional que se impone desde la capital del Perú. Y esto sucede, y con certeza, porque no se está trabajando un verdadero contenido que incluya esta importante región en la formación de los estudiantes. Basta solo con leer las currículas, tanto de las escuelas primarias, como de los colegios secundarios y luego, en las universidades. Pongamos por caso, aquí en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana: nos preguntamos ¿el Estado peruano cuánto se invierte en investigación? A veces, podríamos llegar a pensar que los pocos egresados se estarían acostumbrando a repetir lo poco o lo mucho que han leído; salvo algunas excepciones que merecen todo nuestro respeto y admiración.


En cuanto a la diversidad de lenguas, idiomas y dialectos encontrados en esta vasta región —una rica diversidad que no podemos dejar de mencionar—, ellas también juegan un papel importante en la búsqueda de propuestas serias que intentan un verdadero y justo diálogo. Somos un país que posee una enorme diversidad cultural. Quizás, todavía son muy pocos los expertos que han trascendido en el estudio y profundización de las lenguas y costumbres que, al ser muy diversas y ricas, no dejan de ser complejas. Pareciera que esto, para el inversionista nacional o extranjero, es un punto a favor, ya que así nadie comprendería realmente lo que se está haciendo en el territorio concesionado. Como resultado, esta situación trae consigo diversos episodios de despojo e incertidumbre. Sino hagamos memoria estos últimos 40 años de historia en esta parte del Perú.


Si antes los pueblos indígenas no sabían leer ni escribir y, por lo tanto, no firmaban ningún contrato —a pesar de que sus ancestros ya habían vivido expropiaciones de tierras—, ahora las nuevas generaciones han logrado trascender. Se aprecia un notable número de profesores o técnicos en salud que son bilingües, y otros que deciden ingresar a las universidades con una nueva visión. Mientras va creciendo el número de ingenieros, empresarios, médicos, abogados y más, lo más probable es que en unos cinco años, ya tendremos a los primeros napurunas convertidos en médicos, obstetras, ingenieros y abogados; pero napurunas plenamente identificados con su lengua o su etnia. Ellos quizás tendrán mucho o algo que decir, pero lamentablemente podría ser demasiado tarde. Para cuando vuelvan de la ciudad, ya sus pueblos habrán cambiado drásticamente, para ese día los territorios de sus abuelos habrán sido entregados a inversionistas extranjeros.


Empresas petroleras como Perenco y Repsol estaría a puertas de cosechar los primeros frutos de sus inversiones en esta región del Perú. Sin embargo, todavía queda mucho por aprender, pues aún persiste un problema fundamental sin resolver: no existe un proceso de diálogo serio, sincero ni inclusivo con las partes interesadas, o sea con pueblos indígenas organizados.


¿Cómo están las prácticas de diálogo de estas corporaciones?


Han sido altamente cuestionables. Por ejemplo, si damos un vistazo en el proceso realizado en el Lote 67, pareciera que Perenco optó por dialogar únicamente con la comunidad de Buena Vista y unas otras pocas comunidades cercanas. Además que, al parecer, dicha comunidad pretendía limitar el acceso a "ciertos beneficios" de la extracción, evitando que estos llegaran a otras poblaciones. Todo indicaría que la empresa solo dialogó con la comunidad que está involucrada de manera directa dentro del territorio que le fue otorgado. 


Ahora, este proceso mal gestionado le está pasando factura. Ciertamente, el diálogo nunca debe ser ni vertical ni exclusivo, ya que hacerlo así trae graves consecuencias socioambientales. A nuestro entender, para lograr acuerdos sostenibles y reales, es necesario dialogar con las instituciones que congregan a las poblaciones organizadas, como las federaciones indígenas. En este sentido, un paso fundamental para mejorar la gobernanza territorial y la representatividad es trabajar de la mano con entidades claves, como el Comité Multisectorial del Napo.


Hace 40 años empezaron en el Napo experiencias de organizaciones, aún muy incipientes, que afirmaban que la parte del territorio que habitan les pertenece. En aquel momento, agradecían al presidente Juan Velasco Alvarado el haberles devuelto sus tierras, que en el pasado les fueron arrebatadas por "patrones" que actuaban con cierto complejo, quizás inglés o español o portugués. Hoy existen organizaciones indígenas que han aprendido a sobrevivir, fruto de incansables luchas por conservar lo poco que se les reconoce.


Cabe recordar que fue la Constitución de 1979 la que reconoció el derecho al voto de los analfabetos, integrando de forma efectiva a la vida electoral a gran parte de la población indígena que antes estaba excluida por no saber leer ni escribir. No se puede negar que una cultura de resistencia ha permanecido a lo largo de los años. El napuruna es silencioso pero no ingenuo, es pacífico pero no pasivo, y es un contemplativo de su entorno.


En efecto, en medio de un proceso que se hace muy lento, es difícil que se logre un diálogo sincero y abierto. Las llagas de la explotación cauchera y las heridas de las masacres siguen aún presentes, como un trauma que nadie en el Perú ha tenido la voluntad de sanar en justicia. Por ello, todavía persisten el silencio y la desconfianza.


¿Se concretará el diálogo o aumentarán los conflictos?


Hoy nos ha llegado la inversión privada, que por cierto es muy poderosa. Incluso, ha venido con “seguridad” incluida. En estos tiempos, el Napo está de moda, tanto para el gobierno como para las fuerzas armadas. Igualmente sucede en las instituciones del Estado, cuyos funcionarios todavía no entienden por qué los llevan a “laburar” por el río. Así también lo hizo en su momento Francisco de Orellana, cuando por primera vez navegó por el Napo. Miraba desde "arriba" a los que, al parecer, se encontraban “abajo”. Claro está que, cuando te encuentras dentro de una embarcación, todo se ve distinto desde “afuera o desde arriba”. 


Por otro lado, es preciso subrayar que la cuenca del Napo está de moda y, con ella, sus conflictos. De ahí que, en los últimos cinco años, se haya desatado una seguidilla de enfrentamientos. Las causas pueden varias, pero el fondo es uno solo: los actores externos que logran ingresar, intentan hacer creer que pueden hacer “lo que les da la gana” con la venia del gobernante de turno. 


Pareciera que el inversionista tiene una idea muy sesgada de lo que significa en realidad los conceptos: diálogo y/o conflicto. O simplemente se escudaría en su condición de actor privado para evadir el diálogo. O quizás quieren evitar tocar el tema, porque puede resultar más fácil maquillar la realidad. En efecto, silenciar conflictos para no perjudicar la imagen del país o de la empresa.


Lo cierto es que existen hechos concretos: las muertes han empezado y las pérdidas materiales aumentan. La paz y la tranquilidad se estarían convirtiendo en palabras vacías. Grandes "monstruos" de hierro surcan la superficie del río, y no por debajo, como cuentan los mitos hace muchos años. El peque peque ha pasado a ser presa de inmensas olas que abrazan canoas y las voltean. Nadie reglamenta la navegación en los ríos, a pesar de que hay víctimas que gritan en el silencio sin ser escuchadas.


Es preocupante escuchar a policías o fiscales ubicados en Iquitos que, aun conociendo esta realidad, recomiendan a los pobladores viajar hasta la ciudad para interponer sus denuncias, como si Iquitos quedara a la vuelta de la esquina. Es necesario preguntarse: ¿hay voluntad de querer dialogar?, ¿el Estado peruano está invirtiendo en este tipo de procesos? Finalmente, la población organizada del Napo ya empezó a exigir un diálogo sincero, pero que este se realice en la cuenca del Napo, no en la ciudad.


Ni la oficina encargada de conflictos de la Presidencia del Consejo de Ministros  (PCM) parece tener esto en cuenta. ¿Quién quiere venir al Napo a escuchar a las partes? Todavía lo "oficial" proviene de las empresas o de la Marina de Guerra del Perú, que está cumpliendo su rol de “protectora”, como lo señalan las federaciones. Mientras tanto, la extracción aún continúa. Recordemos lo que afirmó la entonces, Presidenta del Consejo de Ministros, Ministra, Ana Jara: "solo la inversión privada nos sacará de la pobreza". Es una afirmación que nos demuestra como la Amazonía, en realidad, no cuenta. Y si, por algún caso, llegase a ser tomada en cuenta, probablemente sería solo porque ha aparecido un proyecto que, al parecer, podría generar solventes recursos económicos.


Hace poco regresamos del Alto Napo. Escuchamos a un anciano indígena que dijo en runa shimi, o sea, en su lengua materna: "Si me dicen que soy indio no lo niego; soy napuruna. No hay que tener miedo ni vergüenza. Ellos nos tienen que escuchar".