jueves, 8 de diciembre de 2016

No es un simple 8 de diciembre... LA INMACULADA

AVENTURA SIN LÍMITES...

En muchas partes del mundo donde se encuentra un cristiano se celebra, o probablemente se hace una pausa en medio de tanto trabajo o quehacer del día, a la Madre de Dios, María Inmaculada. Unos más, otros menos, pero de alguna manera se hace una pausa para cambiar de ritmo porque es día festivo.

Recuerdo cuando estaba la mamá y celebrábamos yendo a Misa, rezando el Santo Rosario, o quizás íbamos a la procesión, porque a la vuelta de mi casa hay una pequeña capilla en medio del mercado. Yo admiraba la devoción de mi madre hacia la Madre del Cielo. Su cariño por rezar. Aprendí de ella a rezar desde niño, la primera catequesis. Es incalculable lo que he recibido de ella, sin embargo, algo había en mí que quería más, conocer más. 

El tema es que desde pequeño y gracias a mamá aprendí a amar a María Virgen. Lo más probable es que no me hacía muchas preguntas sobre el contenido de la fe. Atinaba como muchos niños a repetir y aprender de memoria los contenidos de la fe. La pregunta más profunda me la hice cuando tenía 10 años. Mi papá y mis demás hermanos en sus propios ritmos. Yo participaba de una escuela dominical de la Iglesia Bíblica Bautista. Desde pequeño junto a mi vecino que vivía al frente de mi casa, nos íbamos a esta escuelita para aprender la Palabra de Dios con textos de memoria, jugar con los contenidos de la Biblia, y todas esas cosas formativas que hacen los evangélicos para atraer niños a su iglesia.

Un domingo de esos, llegué tarde. Salí corriendo y por más que corrí velozmente no llegué a tiempo. La vergüenza se apoderó de mí. Entré al culto de las personas mayores y me metí entre ellos. Allí ocurrió algo interesante que marcó mi vida. El pastor ese día estaba predicando de la Virgen María y de cómo los católicos le rinden culto. Habló cosas terribles sobre ella y de que nosotros los católicos estábamos "equivocados". Lo cierto es que me vino a la mente la gran pregunta, la primera de todas en mi vida: ¿lo que hace mi mamá, entonces, está mal? La forma convincente del pastor de hablar con Biblia en mano y de referirse a ella -la Virgen- con una base bíblica tuvieron su efecto persuasivo en mi y lograron confundirme en ese momento. Lo cierto es que salí corriendo. había en mí una primera confusión: ¿qué decirle a mamá?, ¿creerle todo lo que hace o dice?, ¿el pastor tiene razón?...

Por un tiempo decidí no ir a esa iglesia. Solo había confusión pero no comprendía. Quería encontrar la respuesta. Empezaron las dudas que me llevaron a vivir como cualquier niño en medio de los juegos sin interesarme de las cosas. Descubrí que era mejor jugar, era mejor distraerme como los demás, era mejor no pensar en contenidos bíblicos o en temas de fe que solo han creado confusión en mí. Pasaron los meses, ya había entrado en mí cierta frialdad en mi forma de ser devoto, de demostrar la fe, que me llevaba a realizar cosas que a mi mismo no me gustaba. Pienso que este fue un primer momento para entrar en mi mismo, muy temprano probablemente, pero había ese deseo de que por más que me alejaba existía una inquietud que me decía lo contrario. Bueno, yo era un niño. Estaba acabando la primaria.

El programa de la Catequesis Familiar de la parroquia se hacía en un local del primer sector donde mamá participaba. Ella tuvo la delicadeza de invitarme. No fue una imposición, fue una invitación. Lo que recuerdo de mamá es que nunca me impuso lo que debo creer. Su testimonio de fe bastaba para saber que ella en medio de su  perseverancia me decía algo. Yo entré al programa de la Catequesis y allí participaba cada domingo. Por momentos sabía más de Biblia que mi propio catequista. La formación recibida en mi primera infancia en los bautistas me ayudó mucho a conocer los primeros encuentros bíblicos. La idea era que junto a otros niños y niñas sentíamos que estábamos en el grupo justo. Era otra forma de conocer a Dios, otro tipo de lenguaje, otra forma de enseñar. Pero igual, permanecía en mí ese deseo profundo de hablar con alguien lo sucedido ese domingo cuando escuchaba al pastor evangélico hablar de la Virgen María. Quería encontrar una respuesta, quería salir de la duda, quería encontrar la persona que me diga qué me está pasando.

Llegó el día de la Primera Confesión. Por eso, ahora como sacerdote cuando confieso a un niño por primera vez sé que significa cómo tratarlo y como ayudarlo en su comprensión pequeña o quizás grande que tiene de Dios y de las enseñanzas de la Iglesia. Recuerdo las palabras del P. Pablo Feeley, OMI, era el párroco ese entonces. A él le presenté la gran duda que me acompañaba: ¿a quién obedezco respecto a lo que me están enseñando, a quién le creo? Su respuesta fue la más acertada: "Después de todo lo que has dicho, solo te  digo, HAS CASO LO QUE TE DIGA TU CORAZÓN".

Llegó el día de la Primera Comunión, un 6 de octubre de 1985. Una fecha para nunca olvidarla. Después de ese día no me separé de mi madre. donde ella iba, estaba allí junto a ella. Conocí tantas capillas, conocí muchas mujeres mayores, algunas ancianas muy devotas de la Virgen María. Quiero recordar a Paulita, María, Julia, Emma, Ambrosia, entre otras más que marcaron estos años en mi niñez. Aprendí junto a ellas esa devoción a la Virgen. Mis primeros libros leídos en esa época fueron tres: El Secreto de María, El Secreto Admirable, y el Tratado de la Verdadera Devoción. Todos escrito por el "loco de María"... San Luis María Grignon de Montfort. IMPOSIBLE OLVIDAR LO QUE APRENDÍ ACERCA DE LA DEVOCIÓN A LA MADRE DE DIOS, AL ROSARIO.

Llegó el 8 de diciembre de 1985: inolvidable día. CONSAGRARME POR PRIMERA VEZ AL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA. Junto a un grupo de personas hicimos nuestro Acto de Consagración. Esta es la razón porque recuerdo cada 8 de diciembre de cada año. Allí comenzó una etapa que la puedo llamar AVENTURA SIN LÍMITES... No paré de hablar de ella, no paraba de rezar el Rosario cada día. Cada semana, cada mes era encontrar un grupo de personas que oraba, se reunían para rezar, leer la Biblia. La Legión de María, los Cenáculos de Oración y Evangelización, los diversos grupos de oración no solo de la parroquia. Conocí otras parroquias, otras capillas. Salí de Lima, incluso, siguiendo esta devoción y admiraba la fe de la gente que era mucha, en cantidades. Un año después, ocurrió la enfermedad a mi madre. Tuvo que estar ella en el hospital por tres meses en UCI. El primer alejamiento de ella. Comencé a sentir su primera lejanía de cuerpo. MUJER VALIENTE, MUJER DE FE. Supo salir de esto, pero le duró solo unos cinco años. Esos cinco años fueron intensos. Junto a ella, a pesar de su malestar, igual subíamos cerros allí donde se encontraba una pequeña capilla para orar con la gente. Junta a ella seguíamos congregándonos con otras personas. El grupo juvenil ya era parte de mi vida, incluso con ellos, recorríamos la imagen de la Virgen. Llegó el momento que mamá tuvo que partir. Tuvo que irse rápidamente. Su muerte fue de un momento a otro. Junto a ella, recuerdo muy bien ese apretón de manos que me dio y esas últimas palabras que salían de su boca. Simplemente, después de unas horas, murió. 

Parecía que llegaba una nueva lucha, una nueva lucha por comprender los planes de Dios. No es fácil en un primer momento comprender los planes de Dios. Junto a ello, estaba la oración a la Madre del Cielo. Ya no rezaba con ella, aprendí a dialogar con ella. Ya no eran padrenuestros o avemarías. Ya no eran las letanías, ni las jaculatorias. Ya no era solo la devoción lo que me unía a ella. Aprendí a orar de otra manera. Sentía como que repetir un Padrenuestro o un Avemaría no era suficiente. Mi oración se volvió vida. Empecé a decirles lo que pasaba cada día. La lectura misma de la Biblia cobró sentido cuando en la Comunidad Eclesial de Base, Juan Pablo II, Sector 1, en aquel entonces nos enseñaban a leer la Biblia desde nuestra realidad de cada día. Cada  cosa aprendida acerca de los contenidos de la fe empezaron a tener una diferente repercusión en mi. Empezó una nueva etapa junto a María. Junto a esta etapa, también habían momentos de lucha, de dificultad. MARÍA, LA MADRE BUENA HA SABIDO ESTAR TODO ESTE TIEMPO CONMIGO, Y SEGUIMOS EN LA MISMA AVENTURA, PERO AHORA DE OTRA FORMA, EN OTRO ESTILO DE VIDA.

He querido abrir este capítulo de mi vida y compartirlo. Los ocho de diciembre no son un día cualquiera. Es un día especial, muy especial. Es la Fiesta, la Solemnidad de la INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA SIEMPRE VIRGEN MARÍA.

Ahora como Misionero Oblato de María me toca una vez más decirte, renovando mi consagración:


Oh, Virgen mía, Oh, Madre mía, 

yo me ofrezco enteramente a tu Inmaculado Corazón

y te consagro mi cuerpo y mi alma,

mis pensamientos y mis acciones.



Quiero ser como tú quieres que sea, 

hacer lo que tú quieres que haga.

No temo, pues siempre estás conmigo.

Ayúdame a amar a tu hijo Jesús, 

con todo mi corazón y sobre todas las cosas. 



Pon mi mano en la tuya para que esté siempre contigo.



¡¡¡ALABADO SEA JESUCRISTO,

Y MARÍA INMACULADA!!!

   

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