lunes, 4 de febrero de 2013

En nuestra Amazonía hay muchos problemas... señalan los obispos amazónicos del Perú

LOS OBISPOS VICARIOS APOSTÓLICOS DEL PERÚ A TODOS LOS QUE CON NOSOTROS INTEGRAN LA IGLESIA QUE ESTÁ EN NUESTROS VICARIATOS
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Foto Referencial (Internet)
CAAAP -- Queridos hermanos y hermanas: como acostumbramos desde hace seis años, esta última semana de Enero la hemos dedicado a compartir con sacerdotes, religiosas y laicos de nuestras zonas amazónicas la reflexión, la oración y la convivencia teniendo como centro el servicio pastoral de nuestras iglesias.

Nos hemos reunido alrededor de cincuenta o sesenta personas, pero podemos asegurarles que todos Uds. estuvieron presentes, porque todos llenaban con sus situaciones personales lo que hemos vivido en estos días. Aunque no siempre sepamos demostrárselo, la verdad es que a todos les tenemos muy metidos en el corazón.


“La puerta de la fe, que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el Bautismo, con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en Él.

Profesar la fe en la Trinidad -Padre, Hijo y Espíritu Santo- equivale a creer en un solo Dios que es amor: el Padre que, en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo que, en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.” (“Porta Fidei” nº 1)

¿Les ha parecido demasiado larga esta cita? ¿Tú, en concreto, te la has saltado? Si ha sido así ¿no quisieras intentar leerla antes de continuar? Verás que puede gustarte. No seas de los que dicen que los obispos siempre tenemos que andar citando al Papa. Simplemente es que el Papa suele decirnos en sus escritos cosas muy bonitas.

Esos dos párrafos anteriores son el comienzo de la carta que escribió para explicarnos por qué había querido que en todos los lugares en los que estuviera presente la Iglesia católica se dedicara este año a mirar cómo es nuestra Fe. Por eso en el centro de estos cuatro días reunidos, ha estado la fe. La fe en el Dios al que Jesús nos enseñó a llamar “Padre” que es la Fe de la Iglesia Católica; la fe de cada uno de Uds. y la nuestra. También hemos pensado en la falta de fe de los que la han perdido o nunca la tuvieron. La de los que dicen no necesitarla. La fe de las otras Iglesias que creen en Jesús.

Hemos acogido con muchísimo gusto esa invitación del Papa porque a cada rato gozamos la alegría de haber aprendido de Jesús que Dios es nuestro Padre, de haber visto en su persona, su vida y sus enseñanzas, cómo nos ama ese Padre, y de sentirnos guiados por su Espíritu cuando, junto con Uds., tratamos de vivir haciendo notar a todos que, de verdad, otro mundo es posible.

En nuestra Amazonía hay muchos problemas. Parece que quienes no viven en ella solamente la ven como  un inmenso bosque, ya cansado de producir maderas preciosas pero todavía explotables y, además, regado con el petróleo oculto dispuesto a hacer brotar el dinero que buscan quienes ya lo tienen en abundancia. Pero en ese bosque no ven la vida.

No ven las aves que los alegran cantando y volando por las alturas, ni los animales que corren entre los árboles persiguiéndose unos a otros y dejándose a veces cazar por el hombre. Ven muchos ríos pero no les interesa saber si sus aguas las surcan y las bajan los peces que se ocultan y aparecen para dejar al fin que un pescador los atrape y, contento, pueda llevar la comida para que, en su casa, la mujer y sus hijos sigan viviendo. Y lo que es peor, lo que es el mayor crimen, no ven que en esos bosques y en las riberas de esos ríos viven, casi desde siempre, unos hombres y unas mujeres que los cuidan porque en ellos han encontrado con sus antepasados muchas señales que el Dios creador de todo les enviaba hasta que pudieran llegar a conocerle en Jesús su Hijo.

Queridos hermanos y hermanas: la fe en ese Dios de sus mitos que se hizo Hombre amante y amable en Jesús, es la que les invitamos a recibir, a conocer mejor y a revitalizar, a compartir y a celebrar en este año.

Uds., sacerdotes, religiosas y, de modo especial y más cercano, Uds. animadores y animadoras de las comunidades cristianas por pequeñas que sean, tienen la misión gozosa de hacerlas vivir con la alegría de la fe y el amor de Jesús, y la esperanza que su muerte en la cruz abre para el  crecimiento de un mundo mejor que es posible. Tienen también la misión, que puede ser riesgosa, de no dejar que su pueblo se corrompa, de ayudar a que la corrupción y el individualismo no lo dividan.

A Uds. gobernantes y a quienes tienen en sus manos el poder del dinero les pedimos que no quieran suplantar a Dios. La autoridad y el poder no les da derecho a decidir lo que es bueno para todos simplemente porque creen que es bueno para Uds. Cuando actúan así se están dejando atrapar en su propia ratonera. Su autoridad y su poder les da algo mucho más valioso, y es la misión de actuar como mano izquierda de Dios que hace posible a todos sus hijos mantener su dignidad y vivir con alegría.

La fe no anda en peleas con la razón. Las dos son buenas colaboradoras y amigas. Pero sí es más del corazón, porque es más cuestión de amor.

Este año puede servirnos a todos para redescubrir con más brillo la alegría de creer-amar, y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar a otros ese gozo que supone haber conocido a Jesús y haberle reconocido como el salvador de toda nuestra realidad. Como el único capaz de hacer con nosotros el camino hacia otro mundo posible en el que la unidad de todo lo diverso, sólo aparentemente contrapuesto a veces, aparezca como un reflejo de la Trinidad.

Para todos, de diferentes maneras y por diferentes caminos, este año puede ser   la puerta de la fe, que introduce en la vida de comunión con Dios y hace de nosotros una Iglesia misionera cargada de buenas noticias para aquellos que nunca han podido mirar y disfrutar esa vida como un regalo imperdible y misterioso de Dios.

¿Quieren poner algo de su parte para que a todos nos pueda llegar ese regalo de la vida, por el regalo de la Fe? Nosotros, sus Obispos, sí lo queremos hacer y estamos seguros de que muchos otros también lo querrán.

¿Qué les parece si, al final del año, el primer Domingo del próximo “Adviento” hablamos nuevamente? Por ahora les dejamos con la bendición de Dios -desconocido, olvidado, utilizado o amado- que, en Jesús, nos ama a todos. Esa es nuestra Fe que es la Fe de la Iglesia.



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